Entrevista a Nissim Sharim

Esta mañana de sábado en que el calor todavía se deja caer en Santiago, Nissim Sharim habla con voz pausada en su bonita y ordenada casa de La Reina, donde todo reluce y casi es posible reflejarse en el piso de cerámica Batuco. Acompañado por fotos y diplomas que recuerdan una trayectoria de más de 50 años en el teatro, con su título de abogado de la Universidad de Chile bien a la vista en una pared de su escritorio, no esquiva temas ni preguntas, pero ciertamente refleja desilusión sobre el momento político artístico que vive el país.

“Lo que se dice no se hace, y antes cuando no se decía nada, tampoco se hacía”, señala con un dejo de amargura. Tiene una mirada crítica sobre el pasado y el presente, y está dolido por lo que califica de indiferencia de la sociedad frente a las acciones culturales y la falta de apoyo al arte. No es en absoluto desconocido que fue un acérrimo contrario del régimen militar, que apoyó a la Concertación y que su corazón no está con el gobierno de Sebastián Piñera.

– Hacer teatro en un gobierno de derecha es muy delicado, más difícil que antes, porque con todos los defectos que pueda haber tenido el estatus imperante durante los últimos años, por lo menos hubo un avance. Hay algunas organizaciones y fondos que se destinan al arte y la cultura. Existen organismos que no siempre funcionan con la agudeza que uno quisiera, pero se progresó en relación a 10 o 20 años atrás. Y ahora el temor es que ese progreso parece estar paralizado.

– ¿Cómo califica la gestión del ministro de Cultura, Luciano Cruz Coke?

– Hasta ahora me parece bien. Lo conozco bastante y creo que es un muchacho muy capaz, con sensibilidad y con elementos culturales no desdeñables en su patrimonio, pero vamos a ver. La esperanza que existe es que haga un equilibrio, aunque hasta ahora no hemos visto eso con mucha fuerza. Este grupo independiente que yo dirijo, el Ictus, que tiene 50 y tantos años de existencia, se ha mantenido gracias al trabajo de la gente que ha albergado y se ha financiado en forma milagrosa todos los años, consiguiendo pequeñas compensaciones o erogaciones aquí y allá, entre las que de repente había algunas que eran de carácter fiscal. Pequeñas, pero existían, el problema es que entró el nuevo régimen y paró todo eso.

– ¿Cree que hay posibilidades de cambio en esa situación?

– Más que posibilidades, le veo esperanzas de cambio. Mire, le soy franco, yo creí que esta historia iba a ser mucho peor cuando ganó el nuevo Presidente. Pensé que íbamos a volver a 200 kilómetros por hora para atrás, y la verdad es que estamos volviendo a 50, estamos volviendo despacito. No es tan malo como uno pensó.
“¿QUIÉN SOY YO?”

-Aunque desde muy joven supo que el teatro era lo suyo, al salir del colegio, apenas con 15 años, decidió estudiar derecho porque, según explica, en aquella época dedicarse a actividades artísticas era casi un desequilibrio. Alguien le aconsejó “muy bien”, según recuerda que se recibiera primero de abogado, pero que paralelamente desarrollara sus actividades artísticas.

– El derecho no me interesaba demasiado, pero sí la universidad. Siempre cuento que en mi primera clase el profesor de historia constitucional planteó que España trataba a sus colonias con el mismo régimen institucional que existía en la metrópoli. Un alumno que ya era mayorcito se paró y le discutió que eso no era así. Entonces se armó una polémica en la que también empezaron a intervenir otros alumnos y de repente el profesor dio un golpe y dijo “¡No acepto más interrupciones!”. Pero ese alumno, que a su vez era profesor secundario, se paró y dijo “en vista de esa actitud, yo me retiro de la clase”. Y nos retiramos como 50 o más que estábamos allí. Yo encontré que era fascinante esa posibilidad y dije “¡en esta sala me quedo yo!”.
Combinando sus estudios con el teatro, primero con un grupo que formó en la misma Escuela de Derecho, luego con otro aparte y ya desde 1962 en el Icuts, recuerda la premisa de Gabriel García Márquez “escribo para que me quieran”- cuando explica que “la necesidad de ser aceptado y querido tiene mucho que ver con la manifestación de las expresiones artísticas que uno inventa o le resultan. Sábato, por ejemplo, afirma que el arte nace de nuestros propios dolores”.

– ¿Durante cuánto tiempo trabajó como abogado?

– Cerca de una década, en un área en que podía ganar plata, que fue una de las razones por las que dejé el derecho. De repente me di cuenta de que como abogado estaba hablando con un cliente que me planteaba un problema, y yo pensaba exclusivamente en cuánto le iba a cobrar.

– No trabajaba por amor al arte, precisamente.

– No, pues, el amor al arte lo tenía en otro lado. En aquella época tuve la suerte de ser contratado por una firma muy grande que tenía importantes documentos por cobrar. Yo podía obtener como honorario un porcentaje de esos documentos y de repente con una carta ganaba lo que en un juicio me demoraba dos o tres años. Pero llegó un momento en que me miré al espejo y dije “¿quién soy yo?”. Y dejé el derecho de forma gradual, muy lentamente.

En esa decisión lo respaldó su mujer, la sicóloga Juana Kovalsky, con quien se casó al mes siguiente de recibirse de abogado. Llevan más de 50 años de matrimonio y tienen dos hijas que eligieron muy democráticamente sus profesiones: Dariela es sicóloga como su madre, y Paula actriz como su padre.

Lazos con el judaísmo

Nacido y criado en Chile, es hijo de una familia judía que abarca todo el Medio Oriente. Sus abuelos eran de Egipto, su padre del Líbano y su madre nació en Egipto, pero se educó en Guatemala. “Yo soy tan chileno como judío, o tan judío como chileno”, explica. Tuvo una infancia acomodada hasta que cumplió 10 años, en que su familia se arruinó.

– Mi padre y mi abuelo tenían un negocio que estaba vinculado con la importación de telas desde Inglaterra, donde mi papá se educó y vivió mucho tiempo. Pero todo se paró con la Segunda Guerra Mundial. Mi abuelo se fue a San Antonio y puso allí un pequeño boliche, y mi padre tomó diversos empleos y trabajó a comisión. Cuando chico nunca tuve conciencia de que vivíamos muy bien, pero cuando empezamos a vivir no tan bien, empecé a darme cuenta de eso. Costaba reunir los dineros para los distintos pagos y obligaciones; eso determinó que yo saliera muy temprano del colegio, estudiara en la universidad y al mismo tiempo trabajara.

-Era especialmente cercano a su abuela materna, Frida, “la abuela de las mil bendiciones”, una mujer de origen popular, culturalmente muy limitada, pero de una enorme bondad.

– Todo lo que hacía terminaba con una bendición, “bendito seas”, en una mezcla de castellano, ladino y arábico. Cuando la iba a ver a San Antonio, siempre me las arreglaba para llevarla al cine, porque la vieja trabajaba todo el día y no salía. Entonces cuando íbamos a ver películas le contaba lo que estaba pasando, porque ella no sabía leer. Yo la quería mucho, como respuesta a la bondad con que me trataba.

– ¿Cómo fue la relación con su madre?

– Con mi mamá tengo cosas no resueltas. De alguna manera alguien le inculcó que ella descendía de una princesa egipcia, y era muy educada, muy por sobre esta vulgaridad que aqueja a la sociedad chilena. Cuando mi papá se empobreció y luego cuando murió, ella tuvo que poner una peluquería para poder subsistir. Siempre estuvo con un estado anímico muy deprimido, por el hecho de verse obligada a enfrentar esa situación. Y uno siempre fue victimario, porque cuando la mamá de uno es víctima y uno no puede liberarla de ese rol, está siendo un poco el victimario de ella.

– ¿Cómo es su vinculación con el judaísmo?

– Mi relación no es de sinagoga, sino histórica, con lazos no sólo sentimentales, sino también ideológicos. Toda la defensa de los Derechos Humanos y las cosas por las cuales nos jugamos durante la época de la dictadura en este país, tienen mucho que ver con las tradiciones judías pertinentes a eso. Con judíos que fueron perseguidos desde hace más de dos mil años. En la medida que uno preserva ciertas tradiciones relacionadas con esas luchas, se acentúa el carácter judaico que uno tiene.

– ¿Cómo concibe la espiritualidad?

– Yo no soy religioso. Solidarizo mucho con el planteamiento del viejo Einstein, quien creía que había un elemento, una fuerza superior, que organizaba.

Lo ponía en términos populares,“ Dios no juega a los dados”, decía. No creo en el Dios con características de ser humano, pienso que es una invención cultural que fue necesaria, que sigue siendo necesaria por muchas razones, pero en ese Dios no creo.

– ¿Qué sucede con la espiritualidad con el paso del tiempo?

– En la medida que uno va viviendo más, la parte mística comienza a tomar mayor fuerza y se va agudizando el rechazo a la frivolidad, la parafernalia y la farándula. Eso le produce a uno las ganas de desarraigarse de un medio que siente tan hostil, tan frívolo. Al extremo que en este momento estoy inventando una obra con mis compañeros que habla de un tipo que se quiere enterrar, porque ya el ruido, la frivolidad, la tontería, la mentira, lo tienen hasta aquí.

– ¿Cuándo se estrenará esa nueva obra?

– Está para estrenarla … ¡ayer!, pero nos hemos demorado mucho porque no estamos pudiendo ensayar con el rigor y la frecuencia necesaria, porque cada uno de los actores necesitamos ganarnos la vida y no tenemos plata para pagarles en este momento.

Teatro en tiempos difíciles

– ¿No se ha tentado de trabajar en teleseries?

– No, en teleseries no. A mí me encanta la televisión, pero no lo que se hace. Estuve cuatro años en el directorio del Canal 7 y peleé, muy mal sí, pero peleé a brazo partido para transformar el estatus de la televisión y la forma de transmitir los programas, pero la excusa siempre era la plata. Me cansé, nomás. Era un directorio compuesto de siete miembros, de los cuales no había ninguno que entendiera de comunicaciones. Yo entendía porque llevo más de la mitad de mi vida en el teatro. Pero siempre había uno o dos que estaban por suprimir la chabacanería y poner programas culturales, arriesgar dinero para hacerlo, y sin embargo no lográbamos convencer a los demás.

– ¿Tiene mal genio usted?

– Tengo una cierta vehemencia caracterial, sí, pero no es un mal genio de mañas. Es un mal genio a rato de miedos, a ratos de inseguridad, y sobre todo en la época de la dictadura, el mal genio andaba por todos lados. Era la impotencia de no poder hacer nada, hasta me compré un revólver.

– ¿Fue un acto de valentía hacer un teatro opositor en esa época?

– Más que valentía, era una necesidad, la posibilidad de tener una herramienta de réplica al absurdo que era vivir bajo el régimen de Pinochet. Además, no sabíamos hacer otra cosa. Aunque sí era un riesgo muy grande. Recibí muchas amenazas y colocaron bombas en mi casa. Una explotó en calle Groenlandia, donde yo vivía entonces, hizo tira el portón y estuvo a punto de agarrar el auto. Otra cayó dentro de un macetero con plantas y no explotó. Tomábamos muchas medidas de resguardo, salíamos del teatro siempre en caravana, en dos o tres autos, uno detrás de otro, protegiéndonos. Hasta tomé clases de karate, ¡con eso le cuento todo! La idea era asestar un par de golpes que me permitieran arrancar. Pero como le decía, la motivación no era ser héroe, sino la necesidad de expresar.

– ¿Podría decirse que usted tiene una visión artístico político de la vida?

– Sí, lo que me interesa es que si uno tiene ciertos principios, los ponga en práctica. Una vez le preguntaron al Premio Nobel del año 2002, Imre Kertész, qué diferencia hay entre el comunismo y el fascismo. Él contestó “el comunismo es una utopía, una doctrina, un ideal, y el fascismo es una práctica. El problema es que el comunismo lo puso en práctica el fascista”.

– ¿Cómo es la relación del actor con el cuerpo?

– ¡Esa sí que es una pregunta difícil! Hace cerca de dos años tuve una inflamación a la columna que me dejó sin poder caminar, tenía que subirme gateando al escenario, porque no quería dejar de actuar. ¡Lo pasé muy mal! La verdad es que mi relación con mi cuerpo, desde ese momento para adelante cambió. Siempre tuve cuidado de no descuidarlo mucho, de no comer demasiado, de hacer un poco de ejercicio, pero ahora el cuidado es mucho más, voy día por medio a nadar, ando en bicicleta… Ahora estoy casi bien, diría, no como cuando tenía 30 años, pero bueno…

– Además de lo físico ¿hubo alguna causa sicológica que incidió en su enfermedad a la columna?

– En el año 2008 y 2009 se murieron muchas personas que me importaban, gente que yo valoraba mucho y significaba mucho en mi vida. Parece que no pude soportar eso. Pero nunca pude estar muy seguro de que esa fuera la causa de la enfermedad, porque ella sobrevino bastantes meses después de esas muertes. Nunca supe cuál de esas cinco o seis muertes fue la que me afectó más.

– ¿Cómo definiría su visión del arte?

– Yo soy de los artistas que creen que el arte tiene que ver más con lo que no se ve que con lo que se ve. Entonces la búsqueda del actor, del escritor y del artista en general, es conocer lo que no se conoce, lo que está oculto, vedado o negado. En ese sentido hay una relación muy íntima con lo espirituoso, con la magia, que es algo que me interesa mucho. Uno nunca descubre nada con el arte, pero produce las epifanías más espectaculares cuando mira desde otra perspectiva lo que ya conoce.




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