Primera página

Episodio Uno

Y de pronto, desde el subsuelo, surgió un ruido cavernario. Los muros enjalbegados de nuestra centenaria habitación perdían su fachada, dibujándose en ellos cicatrices sin rumbo que se transformarían en costras de polvo desprendidas de las molduras, descolgándose por las paredes que se desplomaban enloquecidas hacia el patio, provocando un espectáculo sin pudor de quienes descansaban, arropados con el primer rocío fresco de la noche.

Corrimos con la familia al jardín, donde se veían los techos colapsados, pedazos de zinc retorcidos con adobe y enclenques pilares de roble, descabezados sin nada que sostener.

Como un ahogado suspiro, la campana de una Iglesia anunció un desvelado llamado, desfondando su delirante aldabón, antes de caer y enmudecer para siempre.

Caminamos por el corredor, empecinados en barrer los materiales y recomponer la historia de diez minutos antes, sin entender cómo esa noche de verano recordaría el presagio aprendido en 1960: que a la insumisa naturaleza no se le doblega, sino que se le obedece y que todo lo que se construye sobre ella es una combinación audaz, disfrazada por la clemencia y la generosidad de la tierra.

A esa hora, la palabra orden era una ficción y por la señal fragmentada de una radio local, escuchamos conmovidos que el epicentro del sismo estaba apenas a unos kilómetros de la casona que nos albergaba, hacia la costa.

Unas luces comenzaron a recorrer la cuesta, subiendo como un carnaval de ebrios insomnes, gritando con voz frenética: ¡¡¡Se salió el mar!!!, extendiéndose por los cerros del valle hasta bien llegada la mañana, cuando un inquebrantable Comisario de Carabineros apareció estremecido a avisar que el agua, como una fiera demoníaca, se había escapado y devorado todas las viviendas al borde de la playa y había mucha gente que rescatar.

Con un chasquido impetuoso en sus dedos, apresuró la huida de este holocausto: “Muévanse rapidito que se arrancaron los presos que buscan refugio y corren rumores de saqueos”.

Episodio Dos

Sentados en la primera semana de marzo en la calurosa Sala del Consejo del Colegio, animados por la humanidad fraterna y contaminante anidada en cada uno, identificando los puntos para ayudar eficazmente a soportar esta tragedia. Nuestra solidaridad arranca con una declaración para los damnificados. Se elabora un plan de ayuda legal y un Manual de Consultas. Se organizan charlas a las que contribuyen con temas precisos para la ocasión, estudios de abogados online, profesores universitarios y la Fundación Pro Bono.

Se pide a la Excma. Corte Suprema su especial consideración con la vista de litigios provenientes de las zonas afectadas. Se advierten las dificultades de los asociados para tramitar causas en los tribunales impactados por sismo y se difunde el invalorable esfuerzo de esos tribunales para enfrentar la contingencia.

Episodio Tres

Finaliza marzo. Temprano un día sábado en la Plaza Almagro, con sus árboles que anuncian el otoño. Los muros cincelados por el terremoto de la Iglesia de los Sacramentinos recobran su sitio como escenario urbano.

Ha transcurrido casi un mes del enorme sacudón y una pequeña comunidad de vecinos es atendida personalmente por el Presidente del Colegio, la Directora de la Corporación de Asistencia Judicial RM, la Directora de la Fundación Pro Bono y voluntarios que, como una noble colmena, intentan aplacar con el consejo y el aliento la devastadora impotencia que dejó el sismo en sus vidas y en su patrimonio.

En un momento de tanta zozobra, una vez más el Colegio, se integra a la reconstrucción. Acaso hubo en ese día muchos héroes confinados al anonimato generoso de un sencillo gesto de buena disposición o de renuncia. Para ellos, esta primera página y el testimonio entusiasta de nuestra admiración y gratitud por su lealtad y compromiso.




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