Abogado Ilustre: Lorenzo de la Maza Rivadeneira

Este destacado jurista, abogado ilustre por muchos conceptos, nació en Curicó el 24 de marzo de 1911. Hizo sus estudios primarios y secundarios en el Colegio de los Sagrados Corazones (Padres Franceses) de Concepción. Desde temprano evidenció la aguda inteligencia que lo distinguió a través de su vida. En 1928 entró a la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de Chile, egresando en 1932, tras brillantes estudios que le hicieron acreedor al Premio Tocornal, distinción otorgada al alumno más aventajado de su promoción.

Obtuvo su grado de Licenciado en Ciencias Jurídicas con distinción máxima, presentando como memoria de prueba la intitulada “Teoría de la Imprevisión”, de gran interés jurídico, que hasta hoy sirve de consulta, también calificada con máxima distinción, la cual mereció grandes elogios, razón por la cual fue publicada en la Revista de Derecho y Jurisprudencia.

El 29 de septiembre de 1933 recibió su título de abogado, siendo invitado por el jurista y profesor don Pedro Lira Urquieta a integrarse a su bufete, donde permaneció hasta la muerte de don Pedro. Allí tuvo una activa vida profesional, con importante clientela, siendo ese estudio uno de los más importantes de Santiago. Alegaba con sólidos argumentos, en forma sencilla y elegante. Junto con el ejercicio de la profesión en 1933 pasó a desempeñar la Cátedra de Derecho Civil tanto en la Universidad Católica como también en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, a la que se incorporó a solicitud de su decano, don Arturo Alessandri Rodríguez, sabedor de su capacidad y conocimientos del ramo.

Sirvió ambas cátedras con dedicación y pasión en forma ininterrumpida durante más de cincuenta años. Numerosas generaciones de estudiantes fueron sus discípulos, siendo recordado como un gran profesor, claro, sencillo y sabio en su exposición. Uno de ellos recuerda que pese a su carácter benévolo fue ante todo un gran maestro, partidario de la disciplina e intolerante con los flojos y mediocres. Con el transcurso del tiempo, a sus profundos y amplios conocimientos añadió un extraordinario sentido práctico, ciertamente fruto de su extensa experiencia tanto en el foro como en la cátedra.

Sagaz, docto, prudente, con hondo sentido de la justicia, conciliador, fue un excelente árbitro, hábil para lograr avenimientos.

Numerosos asuntos importantes, complejos y de interés fueron resueltos ecuánimemente por él. Además de eximio civilista fue un experto de derecho de aguas. Junto con su amigo don Pedro Lira, escribió “Régimen Legal de las Aguas en Chile”, notable estudio sobre tan ardua materia.

Pese a ser un estudioso del Derecho con un gran acervo de conocimientos, publicó poco. Escribía sin publicar (muchos de sus estudios están inéditos). El lo explicaba manifestando que era perfeccionista. No obstante, obra suya, además de sus valiosos apuntes de clases, fue el tratado “Reformas Introducidas al Código Civil por la ley N° 10.271 ”, obra de gran claridad e interés. También puede destacarse su monografía sobre “La Responsabilidad civil que puede derivar de la actividad médica”, que ilustra con acierto los principios generales que gobiernan la responsabilidad civil en dicho campo. Sus informes en derecho sobre más variaciones de materias son notables.

En 1963, ingresó al Consejo de Defensa del Estado, destacando desde sus inicios. Entre los años 1973 y 1975 fue presidente de ese Consejo.

Al atardecer de su vida, al término de sus actividades docentes, interesado por todos los campos del derecho, sirvió durante pocos años la cátedra de Derecho Internacional Público. Sus inquietudes intelectuales no se satisfacían sólo con el Derecho, pues la historia y la música fueron también una de sus grandes aficiones.

Todo lo antes anotado explica que un destacado abogado, que fuera su discípulo, a su muerte lo definiera así: “Hombre notable, probo, austero, noble, sabio y a pesar de ello modesto, que siempre será recordado con afecto y gratitud”. ¡Qué mayor elogio para un maestro y un abogado!

Consultado una vez sobre qué consejo final daría a las nuevas generaciones de abogados, dijo con sencillez espartana: “Que sean honorables, trabajadores y que conserven la fe en Dios y en la Patria”. Falleció en Santiago el 21 de noviembre de 2007, a los 96 años.




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