Alberdi, un incansable que honró la profesión desde el exilio

Los argentinos celebramos el Día del Abogado el 29 de agosto porque en esa fecha, en 1810, nació Juan Bautista Alberdi. Resulta curioso que este personaje que creyó en el poder de la ley para cambiar la realidad, al tiempo que propuso un modelo de Argentina sobre el respeto de los derechos individuales y diseñó su arquitectura constitucional, nunca ejerció como letrado en el país.
Nacido en Tucumán, a los 14 años obtuvo una beca para estudiar en el Colegio de Ciencias Morales de Buenos Aires (hoy Colegio Nacional).

Luego siguió Derecho, pero al completar sus estudios prefirió emigrar dado que el gobierno de Juan Manuel de Rosas había impuesto un juramento de fidelidad al régimen federal como requisito para la habilitación profesional. Alberdi, que había sufrido ya como periodista el cierre del inofensivo periódico La Moda por parte del despótico gobernador, no quiso aceptar otra ofensa. Al momento de zarpar a Montevideo, una anécdota demuestra su carácter atrevido: todavía a la vista de las autoridades y público del puerto, tiró al agua el cintillo punzó que la dictadura exigía como uso obligatorio.

En la capital uruguaya trabajó en un diario e impulsó la expedición libertadora encabezada por Juan Lavalle, pero ante el fracaso de la misma revalidó su diploma de abogado y vivió de sus honorarios. Al producirse el sitio de Montevideo por las tropas rosistas encabezadas por Manuel Oribe, Juan Bautista viajó a Europa y luego se radicó en Valparaíso. Su talento lo hizo distinguirse y llegó a ser el profesional mejor remunerado de la ciudad. Con sus ingresos se compró la quinta Las Delicias, en donde recibía los domingos al mediodía a los emigrados argentinos y sus familias.

Cuando Urquiza derrotó en Caseros a Rosas, Alberdi sugirió la implementación de un programa republicano que estableciera la libertad de cultos, el liberalismo económico y el fomento de la inmigración. En relación a la educación, proponía dejar a un lado la instrucción humanística, para acentuar la formación de artesanos que supieran labrar la tierra y construir caminos, puentes y ferrocarriles. En 1855 viajó a París como embajador. Pero cuando Mitre venció a Urquiza en Pavón y el país se unificó bajo su mando, decretó la cesantía del diplomático.

Después de la confrontación franco-prusiana escribió El crimen de la guerra. En ese texto fue encadenando los argumentos para demostrar que la guerra no es un derecho, sino un delito y que la justicia sólo es tal cuando es impartida por un tercero imparcial.
Recién regresó a su patria en 1879, cuando estaba a punto de cumplir los 70 años, arrastraba los pies y era una figura legendaria; tal como cuenta García Hamilton en Vida de un ausente, una biografía novelada sobre Alberdi. Sin embargo, cuando el nuevo presidente electo, Julio A. Roca quiso que el Estado argentino publicase sus obras completas, Mitre lanzó una feroz campaña en contra del proyecto que terminó por ser rechazado. Cansado y un tanto humillado decidió alejarse definitivamente del país. Volvió a París, donde murió solo y soltero, en una casa de salud del suburbio de Nueilly-Sur-Seine, en 1884. Sus restos fueron repatriados y descansan en el cementerio de la Recoleta.

Hoy, a 123 años de su fallecimiento, la memoria histórica moldea el presente y evoca sendas que desde el pasado pueden alumbrar caminos futuros. Su protagonismo se extiende a través del tiempo para dejar su legado de defensa de la paz y el sistema republicano, aun a costa de sufrir en carne propia el destierro y las persecuciones.




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