Alhaja Ardiente

Desde los billetes de mil pesos dirige una mirada algo proustiana un hombre joven con un quepis del Regimiento 6º de Línea, el Chacabuco, a cuya 4ª Compañía pertenecía con el grado de teniente, Ignacio Carrera Pinto, el 9 de julio de 1882. Esos billetes pasan por nuestras manos que los soban, trasegando el rostro adusto y algo impávido de ese joven oficial de 34 años, que murió sin saber que los despachos del capitán viajaban a su encuentro, como la muerte.

¿Qué hacía Ignacio Carrera Pinto en la aldea de La Concepción, en la sierra peruana de Huancayo, cuando la guerra había terminado para todos con la toma de Lima más de un año antes?

Se podría contestar que cumpliendo con su deber, destacado a ese perdido puesto de montaña para presionar militarmente al General Andrés A. Cáceres a formar un gobierno y sellar una paz formal.

Sin embargo, la respuesta es más profunda y se adentra en los intersticios de la organización social del Chile de finales del siglo XIX, que ofrece sorprendentes matices y contrastes.

Era Ignacio Carrera Pinto nieto de José Miguel Carrera, prócer de la independencia de Chile, perteneciente a una de las familias de mayor fortuna y lustre social y político del país, uno de los padres de la patria, que cayera fusilado en Mendoza, donde “sangraron todos los de su sangre”. Era, también, sobrino nieto del ex Presidente de la República Francisco Antonio Pinto y sobrino de Aníbal Pinto, Presidente de Chile al iniciarse la Guerra del Pacífico.

¿Por qué no estaba Ignacio Carrera Pinto gozando de los beneficios a que le daban acceso su posición social y su familia, él, que venía del mundo civil, que no era militar de carrera?

Había sido merecedor de recomendaciones en los partes de guerra de las Batallas de Chorrillos y Miraflores, lo habían ascendido y, sin embargo, ahí estaba, formando parte de los batallones olvidados, al mando del más olvidado de todos.

No hay equivalente ni podría imaginarse en nuestros tiempos, un joven chileno con esos antecedentes sociales, políticos y familiares, viviendo un trance similar: en el medio de la nada, sin abastecimientos ni refuerzos, incomunicado, acosado por tropas extranjeras superiores numéricamente en proporción de un soldado chileno por cada cinco peruanos y veinte o treinta montoneros.

¿Por qué, en esas condiciones, Ignacio Carrera Pinto no se rindió, salvando su vida y posiblemente la de su tropa? Por el contrario, sabiendo que iba hacia una muerte segura, en defensa de una plaza sin importancia, opuso como resistencia su inmolación y la de sus soldados, incluido el niño que nació esa noche y alcanzó a vivir un instante siquiera.

Resistieron balaceando con mesura y puntería para ahorrar cartuchos. Primero en la plaza, luego en la iglesia cuartel y, después de 18 horas, en una carga insensata desde el edificio en llamas, siguió su ejemplo el niño Luis Cruz Martínez y cuatro soldados, los últimos sobrevivientes, que fueron a enterrarse en las lanzas enemigas, blandiendo sus bayonetas como girasoles.

¿Qué fervor, qué delirio lo dispuso serenamente a buscar la muerte, en ese largo día que hacia ella conducía? No hay respuestas a la mano, porque el sacrificio parecía vano: no anticipaba la gloria, no salvaba una plaza fuerte, ni facilitaba la huida de los débiles. Todos murieron. Pero desde el hollín y el seco páramo de la sierra, ese soldado inmolado prematura y anónimamente, encontró para siempre un espacio para su corazón.

Quizá la nota de rechazo a la intimación de rendición del coronel Juan Gastó explique algunas cosas: “En la capital de Chile y en uno de sus principales paseos públicos existe inmortalizada en bronce la estatua del prócer de nuestra independencia, el General José Miguel Carrera, cuya misma sangre corre por mis venas, por cuya razón comprenderá Ud. que ni como chileno ni como descendiente de aquél deben intimidarme ni el número de sus tropas, ni las amenazas de rigor. Dios guarde a Ud. Carrera Pinto”.

Irónicamente, el coronel Juan Gastó murió el mismo 10 de julio, pero de 1883, en la llanura de Huamachuco, batalla que puso fin a la guerra.
Tal vez sea la poesía con su poder evocador la que pueda responder esas interrogantes, acudiendo a las metáforas del sobrecogedor poema que Neruda dedicó a José Miguel Carrera. Aunque en la jadeante y frívola modernidad tan aversa al heroísmo suenen un tanto anacrónicas, sin duda, Ignacio Carrera Pinto fue también un “pétalo patricio”, un “húsar infortunado”, una “alhaja ardiente”.




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