Antes del vendaval

Si nos preguntan como abogados cuál es el estado de ánimo de la ciudadanía respecto del Poder Judicial, la respuesta que sobreviene es la de un creyente que persevera en el oficio quele suministra el pan frente a un perplejo incrédulo que no entiende nada de lo que sucede.

Episodios de caricatura burlesca y que recuerdan un libro de Dostoievski, se descuelgan rápidamente por los diarios y hacen brotar la crispación y rebeldía. Recordemos a aquellos acusados por un delito que se presentaron voluntariamente ante un juez indolente que se negó a atenderlos y otros laureles bochornosos como el de ese rufián enmascarado con otro nombre, al que quijotescamente se le deja en libertad a través de artificios puramente rituales.

El desbarajuste que provoca esta objetiva ineptitud, incita a la crítica arrolladora de la ciudadanía y proporciona un refugio a los temores atávicos que tenemos como sociedad.

Todo ello, sin duda, es un golpe a nuestra inteligencia, y sobre todo un agravio a quienes son víctimas de esta prestidigitación judicial, conmovidas hasta los huesos y trágicamente anonadadas en todos sus niveles.

En un país con tendencia a demoler y a exagerar sin pudor, resulta poco alentador que el error esperpéntico de un puñado de jueces empañe el sentido laborioso, la vocación y el denuedo de una inmensa mayoría que, parodiando a la Mistral, ejerce su ministerio con la más probada dignidad y en medio de una constante estrechez.

Se hace ineludible que en un Estado democrático de derecho como es el Chile de hoy, podamos articular un Poder Judicial menos sacralizado y más legitimado como autoridad; que sea un orgullo palpable para los que demandan justicia, espejo de lo que somos capaces como nación: Imparcial, predecible, responsable, consciente de su propia identidad y de los derechos cuya tutela se le encomienda. En último término, independiente y no cautivo del emperador político de turno.

Sin más adjetivos, se hace indispensable encaminar este Poder del Estado abriéndolo hacia la modernidad con un Código de Ética Judicial que le permita, desde este trampolín de “Buenas Prácticas”, tomar conciencia de sus males y de sus remedios, y convertirse en una salvaguardia para los superiores que deben corregir y aplicar sanciones sin pestañear a quienes incurran en estas insoportables conductas.

Pretender engatusar a la muchedumbre de estudiantes universitarios de derecho existentes en el país – 30.526, que se preparan iniciáticamente para convertirse en abogados, informándoles que hemos aceptado vegetar plácidamente resignados en este conformismo oficial sin hacer nada, es una injusticia que no podemos esquivar.

No es un mito o una utopía sostener que para ser mejores, sin ser menos en número, tenemos que reinventar, reconstruir o recomponer nuestra agrietada colmena judicial.

Hagámoslo sin escrúpulos ni prejuicios, con imaginación y generosidad, pero hagámoslo ya en un marco de colaboración y como aliados. El resto es sólo furia, ruido, polvo, viento y cenizas.




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