Entrevista a Carlos Urenda Zegers, Abogado por tradición, por gusto y vocación

“Voy a ser el abogado más viejo que está ejerciendo”, afirma con una amplia sonrisa Carlos Urenda Zegers, mientras sus ojitos azules brillan con entusiasmo. Extraordinariamente lúcido, vital y activo a sus “primeros 90 años”, este abogado emblemático en el derecho nacional lleva 64 años de ininterrumpido ejercicio de la profesión y hoy día está nada menos que … ¡a punto de lanzar su primer blog!

El senador Fernando Flores relató en una conferencia algo que yo no sabía que existía: los blogs. Habló de su importancia y el vuelo que están ganando en el mundo, y dijo que tenía tres mil seguidores de sus blogs. Yo encontré muy bueno que gente que sabe algo lo dé a conocer por este sistema y desde entonces pensé que era algo ideal para mí. ¿Sabe? Yo siempre he sido de muy bajo perfil, primera vez que hago una cosa así. Porque me retiré hace tres años de esta sociedad de abogados, hoy sólo estoy medio día como consejero, y quiero entretenerme. Para no aburrirme, y como no tengo ningún hobby, ahora estoy despachando mi primer blog.

¿Cuál es la receta para mantenerse joven y activo?

Vivir al aire libre y portarse con la edad que va teniendo uno, en cuanto a vicios y satisfacciones. Nacido en Valparaíso en 1916, hijo de un destacado abogado don Carlos Urenda Trigo , tiene una extendida familia compuesta por seis hijos, 25 nietos y 14 bisnietos. Junto a sus descendientes ha formado una verdadera dinastía en el mundo del derecho, con más de 30 Urenda que se distribuyen en importantes estudios jurídicos. Él se tituló en 1942 y en la década del 60 formó el estudio Urenda, Rencoret, Orrego y Dörr, luego de una destacada carrera en la industria salitrera y el derecho comercial. A lo largo del tiempo ha atendido a más de 100 grandes clientes chilenos y extranjeros entre ellos General Motors, General Electric, Sony, El Mercurio y Minera Escondida y participado en 35 directorios de empresas nacionales e internacionales. Además ha formado a numerosas generaciones de abogados, como profesor de Derecho Civil y Económico de la Universidad Católica, y ha sido conferencista en incontables seminarios, congresos y reuniones en Chile y el mundo. Durante sus muchos viajes al extranjero ha estado más de 120 veces en Estados Unidos pudo codearse con personajes de la talla de David Rockefeller, Richard Nixon, John Kennedy, y actores como James Stewart y Norma Schearer.

Autor de varios libros sobre derecho, algunos de los cuales circulan públicamente y se han convertido en textos oficiales de facultades de leyes, y otros de circulación privada que ha escrito como herencia para sus hijos, nietos y bisnietos, don Carlos es un reconocido hombre de derecha. Fue amigo y ex compañero de curso en los Padres Franceses de Valparaíso de Augusto Pinochet y José Toribio Merino, y tenaz opositor del gobierno de la Unidad Popular, a pesar que su propio padre fue íntimo amigo de Salvador Allende.

En la época del Gobierno Militar presidió las comisiones encargadas de modificar la legislación económica y regularizar el funcionamiento de los bancos intervenidos, pero su capacidad, solvencia profesional y criterio le han hecho ganar respeto en sectores de los más variados colores políticos. A lo largo de su destacada carrera ha sido hombre de confianza de hombres claves en el desarrollo económico de Chile, como Agustín Edwards, padre, hijo y nieto; Javier Vial; Manuel Cruzat y Anacleto Angelini.

El gran empresario tiene genialidades señala . Es el hombre que mira las cosas para saber cómo aprovecharlas mejor. Cada empresario es un pájaro raro; lo sé porque fui el hombre de confianza de Hernán Briones, de Ernesto Ayala, de Eugenio Heiremans. Y fui abogado personal durante los últimos 20 años de su vida de Gustavo Ross Santa María, ex ministro de Hacienda de Arturo Alessandri y candidato presidencial en la elección en que triunfó Pedro Aguirre Cerda. Yo era su hombre de confianza. Todos los días lo visitaba en su oficina entre las 12 y la una de la tarde. Era un hombre muy curioso, no creía en Dios ni nada por el estilo y me preguntaba “pero usted tiene fe en Dios. Yo lo estimo tanto a usted y no entiendo cómo puede creer”. Y yo le decía “sí creo en Dios, nunca me he tomado la molestia de no hacerlo, porque es tan cómodo. Y tan bueno”. Él era de familia beata, pero agnóstico total.

Usted ha dicho que “el derecho constituye la razón de ser y la mayor pasión de su existencia” y que no es una profesión cualquiera, sino “un modo de vivir”.

Así es, yo he sido abogado por tradición, por gusto, por vocación; desde que nací pensé ser abogado, no se me habría ocurrido otra cosa. No he hecho otra cosa en mi vida, ningún negocio, no tengo el carácter para eso, sólo he ejercido esta profesión y sido académico.

Los jóvenes son más ambiciosos y competitivos

¿Cómo era el derecho cuando usted comenzó, hace 64 años?

El derecho evoluciona, pero no cambia. Va desarrollándose, acomodándose a la sociedad para serle útil, pero veo pocas diferencias. Hoy día es más complicado ejercer la profesión, con la computación, con todos los descubrimientos tecnológicos, pero la verdad es que el derecho sigue teniendo el mismo Código Civil, el mismo Código de Comercio que teníamos en mi época, con algunos cambios, sí, pero no muy profundos.

Pero cuando usted se inició, el mundo no estaba globalizado como hoy día, esto debe significar una diferencia importante para los estudios de abogados.

En la actualidad los estudios de abogados son empresas comerciales, deben tener gerentes, organización, todo regulado. Por ejemplo, ayer tuve una reunión con un abogado norteamericano, por un caso que estamos defendiendo, y él me contaba que en su oficina en Nueva York hay 500 abogados, y creo que son tres mil en el mundo. Yo aquí tuve la presión de los jóvenes de crecer y crecer, pero los he frenado mucho, porque no quise ser abogado sin saber lo que pasaba en el estudio del cual yo era abogado jefe.

¿Por qué esa decisión suya de conocer todo, de estar en todo?

Porque la responsabilidad del abogado es de las más graves; de ella dependen la vida, el honor, el patrimonio. Pero eso mismo hace que esta profesión sea lo más lindo que puede haber. Por ejemplo, de repente llegan aquí dos inversionistas que quieren hacer un negocio en Chile, y usted los asesora, los aconseja, y hace una labor muy creativa que además beneficia al país.

¿Cómo son nuestros vecinos como abogados?

Los argentinos son grandes abogados, estudiosos, escriben mucho. La literatura jurídica argentina es muchísimo más rica que la chilena.. Los peruanos también tienen buenos abogados. El rival de desarrollo de Chile es Perú, que es mucho más rico que Chile en productos naturales. Piense que nosotros crecemos al 4%, en Perú están creciendo al 7% u 8%.

¿Qué diferencias ve usted entre su generación de abogados y los profesionales jóvenes del presente?

Muchas diferencias, hoy día los jóvenes son mucho más competitivos. Son ambiciosos, es la guerra por surgir. Y es preocupante, porque cuando yo ejercí la profesión, lógicamente me llegaban los honorarios porque tenía que vivir y comer, pero no era el objeto de mi actividad ganar plata. Hoy lo fundamental parece ser el lucro y el orgullo personal.

¿Qué otras diferencias observa?

Antes cuando usted le llevaba a un abogado unos títulos para que los estudiara, él le decía que volviera en un par de meses. Hoy día, con los sistemas modernos, todo es para ahora, y uno se ve bastante afligido para evacuar los informes, porque el cliente no acepta demoras, quiere atenderse hoy mismo, sin ninguna dilación. Ese es el máximo cambio en el diario practicar. Ahora las cosas tienen que hacerse a una velocidad tremenda. Y además hay que realizar unos estudios muy profundos, porque si al cliente no le gustan, va a consultar en otro lado. Los empresarios se ha ido avivando, hoy día piden cotizaciones para ciertos trabajos. Es una costumbre que no es mala, es lógico hacerlo, pero antes eso no existía, la fidelidad del cliente con el abogado era tremenda, hoy no lo es tanto.

¿La profesión ha cambiado para mal, entonces?

Es decir, para mal en cuanto a comodidad, pero no en cuanto a factor contributivo al desarrollo social y económico. La verdad es que, como decía, hoy es muy complejo y competitivo ser abogado. Uno se siente marginado y aunque no quiera se va retirando del estudio, porque le cuesta adaptarse a este sistema, a esta rapidez, y además con una legislación que cambia todos los días. Fíjese que mi libro “La Empresa y el Derecho” va en la tercera edición, y cada edición, de los años 90, 95 y 2005, es casi el doble de la edición anterior. Durante la segunda edición del 95, hasta que entró a imprimirse se promulgaron más de 30 leyes que han modificado la materia tratada en esa obra.

A pesar de todo, usted habla sin nostalgia, no dice todo tiempo pasado fue mejor.

Para mí la mejor época es la que estoy viviendo ahora. Tengo tiempo, estoy muy bien casado y muy feliz en mi matrimonio. Mi primera mujer, Angelita Panadero, madre de mis hijos, murió de cáncer cuando llevábamos 32 años de matrimonio, lo que fue un golpe muy duro. Pero ahora estoy casado con otra viejita de 88 años, Margarita Ginart, con quien llevo 32 años de feliz matrimonio.

Nadie es independiente

¿Qué le parece la enseñanza del derecho en la actualidad?

Desgraciadamente ha variado muy poco desde mi época, aunque cada vez hay más clases magistrales. Se supone que todos los abogados son profesores, pero no es así: hay abogados que son profesores y tienen condiciones extraordinarias, pero otros no tienen ninguna habilidad. Creo que la enseñanza está poco desarrollada técnicamente, aunque ya se está haciendo más laboratorio, más práctica. Ha evolucionado positivamente, pero lentamente. La cosa es que no hay profesores de verdad, son todos abogados distinguidos, pero la docencia debería profesionalizarse.

¿Usted siempre ha sido independiente en el ejercicio profesional?

Nadie es independiente en este mundo, no me vengan a mí con eso. Uno depende de las relaciones, depende de los clientes, hay que atenderlos bien, de manera que el hombre va haciéndose dependiente. Depende de la calificación de la persona que es su cliente. Yo nunca he sido empleado, pero he tenido muchos patrones como clientes. El papel del abogado es servir al cliente, y lo sirve aconsejándolo, y lo aconseja en lo que debe y no debe hacer. El cliente decide, pero la mayor habilidad del abogado es hacer que a todo lo que quiere hacer el cliente, le dé una fórmula legal para realizarlo bien.

¿Y si el cliente es porfiado?

¡Qué va a hacer uno! Pero llega un momento en que si el cliente actúa contra la ética, usted se separa. Porque también hay clientes que se deben rechazar. Otra cosa es cuando ellos compiten entre sí, ahí hay un problema de ética, que se debe abordar y solucionar. En los casos de conflictos de intereses usted debe elegir entre dos clientes, y desde luego ellos tienen que decidir si se quedan con usted o se van. Lo primero que preguntan es si usted tiene alguna inhabilidad, y entonces uno debe abrirse. A veces se pierde el cliente, porque unos son más celosos en cuanto a lo que puede ejercer su abogado respecto de otro cliente. Y a otros menos, no les importa.

 ¿Cómo se fijan los honorarios del abogado por trabajo, por mes?

Hay de todo. Nosotros tenemos más de 40 o 50 clientes con una remuneración fija y hay otros que nos pagan por hora. En general, son todos grandes clientes, porque somos abogados caros. Somos típicamente abogados que asesoramos a empresas.

¿Cómo logró que, luego de su retiro, sus clientes de toda la vida tuvieran confianza en los abogados de este estudio y mantuvieran su fidelidad?

Desde hace unos 10 años me dediqué a una labor que es muy importante en un estudio de estas características: vincular al cliente con los abogados jóvenes, para que mientras uno viva, vayan adquiriendo confianza en ellos. Es inevitable que los jóvenes terminen reemplazándolo a uno. Yo me preocupé de eso con gran éxito, no hemos perdido ningún cliente. La mitad de los clientes de nuestro estudio deben ser empresas extranjeras. Allá los ejecutivos cambian con mucha rapidez, se jubilan muy jóvenes. Yo, por ejemplo, iba a General Motors y me sentaba en la silla del presidente, ahora no sé quién es el presidente; se pierden los contactos personales, que son los que ayudan a mantener esos grandes clientes tradicionales. Nosotros por suerte no los hemos perdido, pero no tenemos con los actuales mandamases la misma relación que teníamos con los antiguos.

¿Tiene recuerdos desagradables de algún cliente?

Malos recuerdos no tengo de ningún cliente o empresario de quien yo haya sido abogado, conservo puros agrados de ellos, aun de los que ahora no son clientes míos. Porque a veces los hijos toman los negocios del padre, el padre se muere y los hijos no tienen la misma confianza en uno. Tienen amigos jóvenes y los prefieren a ellos.

Pero como todo en la vida, deben haber buenos y malos clientes.

Clientes buenos por el trato, o porque pagan cuenta riéndose . Hay algunos que son tacaños y uno trata de deshacerse de ellos, porque no pagan ni el papel.

Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo

Usted también ha tenido un gran papel como árbitro, durante más de 30 años.

Sí, he tenido muchos arbitrajes, en Chile, en España, en Estados Unidos, de empresas extranjeras y de bancos sobre todo. En una ocasión fui árbitro de un banco norteamericano con unos agricultores chilenos, tuve un comparendo en el Waldorf Astoria en Nueva York. Yo formé el Centro de Arbitraje de la Cámara de Comercio de Santiago y además traté de formar un centro de arbitraje absolutamente privado, de abogados, pero no pude, no resultó. A mí el ejercicio profesional me fue llevando de manera natural al arbitraje, era un abogado que daba confianza, entonces me designaban entre dos partes que no conocía. Otras veces eran clientes míos los que me buscaban, no hay una regla general.

¿Qué diferencias existen entre el arbitraje y la mediación?

Son dos cosas distintas, en el arbitraje a uno le pagan para dictar un fallo, no para llegar a una conciliación, como en la mediación. Si a uno le someten un conflicto, es para llegar a una solución. Ahora, por ejemplo, estoy arbitrando un juicio de dos íntimos amigos míos, por varios millones de dólares, que han sido clientes míos. “Si acepto el cargo de arbitraje, es porque me siento capaz de resolver en contra de uno de mis amigos”, les advertí.

¿Qué casos de arbitraje recuerda especialmente?

El arbitraje que más aprecio, porque creo que es único, es aquel en que fui árbitro arbitrador en un conflicto entre el Banco Central y el Banco del Desarrollo y otros ocho importantes bancos de Chile y el mundo. En otro caso que también fue especial, yo era árbitro arbitrador entre dos empresas españolas pesqueras que tenían negocios en Chile. Y en el fallo resolví transformar una primera hipoteca en segunda y una segunda en primera. Juan Carlos Dorr me dijo “le van a quitar el título cuando lo alegue”. Lo alegó Jose María Eyzaguirre y gané por unanimidad, y reemplacé una primera hipoteca sobre naves, en segunda, y la segunda la puse primera.

Usted ha sido muy dedicado a la profesión.

Así es, yo trabajaba todo el día, entre 18 a 20 horas diarias . Y lógico que me arrepiento de haber trabajado demasiado y haber descuidado un poco a mis hijos. Llegué a tener simultáneamente 27 directorios de sociedades anónimas, y un día mandé una carta renunciando a 24 directorios, cuando el gobierno de Frei padre decretó que ninguna persona natural podía ser director de más de tres sociedades anónimas. Simultáneamente he sido abogado de 35 sociedades anónimas, en Chile, España, Estados Unidos, Argentina y Bolivia, aunque siempre he hablado un inglés muy limitado, casi el inglés del colegio.

¿Le ha parecido importante ser miembro del Colegio de Abogados?

Sí, yo he sido siempre miembro cotizante del Colegio, votante en todas las elecciones y con el pago de las cuotas al día. Creo que la colegiatura debe volver a ser obligatoria, porque el abogado tiene que estar sometido a una disciplina que no implique llevar todos los conflictos a los tribunales de justicia. Pienso que hay que concederle a los colegios profesionales facultades. Fue un error suprimir las colegiaturas obligatorias, lo que ocurrió durante el gobierno militar, y es algo que se ha pagado muy caro.

 En su libro “Valores humanos. Visión de Jurista”, que escribió como herencia para su familia, señala que uno de los aspectos más importantes de su existencia, que desea reiterar a sus hijos y nietos, es que para usted lo fundamental ha sido ser llevado por el deseo de Ser algo en la vida y no limitarse a estar en ella.

Sí y también digo “Ya me puedo morir tranquilo, pues he escrito tres libros, he tenido seis hijos y he plantado 800 mil árboles en mi propiedad rural Rancho Las Palmas (Quintero)”.




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