Entrevista a Jorge Edwards Valdés

Jorge Edwards Valdés se tituló de abogado en 1958. La diplomacia lo ha ligado al derecho, aunque advierte que éste último no ha
sido una fuente de inspiración para su premiada literatura.

De la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, recuerda su amistad con Eugenio Velasco y a compañeros de curso que considera grandes abogados, como Alfredo Etcheberry y Fernando Coloma. Además, sus primeras obras literarias surgieron mientras estudiaba leyes.

A días de partir a París para asumir como embajador de Chile ante Francia y la UNESCO, repasa su época de estudiante, de diplomático y su disciplina de escritor, y comenta como ve a los chilenos en el bicentenario.

-¿Usted colgó el título de abogado inmediatamente, nunca ejerció la profesión?

“Yo ejercí toda la vida, porque fui diplomático y a uno le dicen, tú que eres abogado, ve esto y esto otro. No ejercí nunca con una oficina mía, pero en tratados comerciales, en toda clase de situaciones jurídicas que se producen en la diplomacia, me consultaban y yo tenía que estudiar el tema. Ahora hay más abogados en el ministerio (de Relaciones Exteriores), pero en mi tiempo éramos cinco o seis. Muchas veces redacté cláusulas contractuales en tratados internacionales, así es que no ejercí como un abogado que tiene oficina y va a los tribunales, pero tuve que ver temas jurídicos hasta ayer”.

-¿Por qué estudio Derecho si su vocación de escritor ya estaba bien definida?

“Ser escritor no se estudia en ninguna parte. Uno puede estudiar Letras, pero no es lo mismo que escribir libros. Eso sirve para aprender gramática, historia de la literatura. Entonces, como había que estudiar algo, estudié una cosa más abierta que era Derecho”.

-¿Siempre tuvo el oficio de escritor, antes que abogado?

“Mi primer libro publicado es de cuando yo estaba en cuarto año de Leyes, ‘El patio’, de 1952. Había gente que no sabía que yo escribía. Por ejemplo, había un profesor de derecho procesal, don Ramiro Méndez Brañas, que fue presidente de la Suprema, y era un curso como de 300 personas y había que asistir, porque no le gustaba que no fueran los alumnos y pasaba lista. Yo asistí poco, porque me dediqué mucho a escribir en la escuela de leyes y calentaba los exámenes en el cerro Santa Lucía. Antes uno podía subir al cerro en la noche y estudiar hasta la cuatro de la mañana sin que lo mataran. Ahora no se puede entrar. Y don Ramiro creía que yo estaba tomando apuntes de clases, estaba muy contento con este alumno, pero es cribí casi todos mis primeros cuentos que se publicaron en ‘El patio’ en su clase. Una vez lo dije en público y él quedó medio ofendido”.

-¿En su paso por al Escuela de Derecho hubo algún profesor que lo inspirara?

“No. Los profesores de la escuela inspiraban muy poco. El que organizó la Academia Literaria en la escuela y que no era profesor mío, era profesor de Introducción al Derecho o de Historia Constitucional, no me acuerdo, era Jaime Eyzaguirre. Él me dijo que formáramos una academia literaria y la hicimos, él la dirigía. Ahí leí muchas de mis primeras cosas. Pero eso era completamente ajeno a la escuela.
Después he hecho clases de literatura en la escuela, hace poco. Me pidieron una clase de literatura que era más o menos optativa, pero que daba algún puntaje. Dí una clase bien buena, con mucha gente”.

-Ha habido muchos procesos a literatos, como a Stendhal, a Flaubert, a Baudelaire, a Oscar Wilde, que se estudiaban.

“El más grave de los procesos a escritores y filósofos es el de Sócrates, que tuvo que suicidarse por instrucciones del gobierno de Atenas. Procesos a literatos, todos los que quiera usted. Cervantes estuvo en la cárcel. Él era recaudador de impuestos y después fue recaudador de objetos para la invencible armada de Felipe II. Sacaba cosas de los campos, trigo, etcétera, y rendía muy mal las cuentas, era muy mal matemático, se confundía y terminó un tiempo en la cárcel, muy poco”.

-¿Su formación jurídica le sirvió en su carrera de escritor?

“Me sirvió de algo en la vida práctica. Tengo una noción de lo que es un contrato y cuando contrato con el editor, sé lo que es hacer uno. Pero fuera de eso, para escribir, más bien hay que olvidarse de esas cosas”.

-¿Y como temas de inspiración?

“Nunca me ha inspirado el derecho civil. Stendhal decía que él leía el derecho civil, el de Napoleón, para purificar el estilo, para no adornar demasiado el lenguaje. A lo mejor, mi estilo que evita mucho el adorno excesivo, el exceso de adjetivos, tiene que ver con ese estilo jurídico. Sobre todo, que yo estudié con un Código Civil bastante bien escrito por don Andrés Bello”.

-¿Nunca escribió sobre abogados?

“Los abogados salen en mi literatura. En ‘El inútil de la familia’, en ‘El peso de la noche’, hay abogados que pululan por ahí, pero no como tema central. El escritor que escribió de temas más jurídicos, por curioso que sea es Kafka, que era abogado. Sufrió mucho ejerciendo la profesión, fue abogado de una compañía de seguros, que tiene necesidades de informes jurídicos a cada rato, y Kafka hacía eso en una importante compañía de seguros de Praga. ‘El Proceso’, que es una de sus grandes novelas, es un proceso que tiene anomalías extraordinarias. No se conoce el delito del cual se acusa al procesado y el procesado no sabe por qué lo acusan, pero tiene todas las características de un proceso. Balzac está lleno de procesos, hay mucha quiebra, mucha deuda, porque era su experiencia. Él vivía agobiado por las deudas. Escribía libros rápido. Algunos de sus grandes libros los escribió rápido para pagar deudas”.

El observador

-¿Cree que en estos últimos cien años han surgido nuevas características en los chilenos?

“Desde luego, me doy cuenta de que hay un cambio del lenguaje tan notable que, a veces a mí no me entienden los jóvenes y yo a veces no les entiendo a ellos. Después cambios de sociedad, hay bastantes. A mí me parece, pero puede ser una reacción de viejo mañoso, que la gente es notablemente maleducada hoy día, sobre todo, en el manejo del coche”.

-¿Nota una decadencia cultural fuerte en Chile?

“Hay un cambio cultural grande, pero en mi tiempo había algo clásico. Había una temporada de conciertos en que se tocaban cosas muy clásicas, en que venían grandes directores del mundo. Ahora algunos vienen también. Hay cosas, sobre todo, en la ópera hoy día. Pero venían grandes compañías de teatro a Chile y ahora no. Hoy, se tiende mucho al espectáculo callejero. En Francia, hay una cosa que se llama el día de la música, en que todos los músicos salen a la calle y cantan. Pero Francia tiene de todo, tiene teatros, museos maravillosos, tiene salas de concierto fantásticas, bibliotecas muy bien instaladas, entonces ya tienen de todo y salen a la calle también. Nosotros comenzamos por la calle y falta todo lo otro, porque las bibliotecas son insuficientes, aunque hay una buena biblioteca por la Quinta Normal, que antes no había.

Los museos no tienen plata ni para pagar la luz. El Museo de Bellas Artes se financia mucho con empresas que patrocinan determinadas exposiciones, pero si un chileno quiere ver la historia de la pintura chilena, en el museo no la puede ver, porque está guardada en el subterráneo. No es lo que pasa en Francia con un francés y en España con un español. En España y en Francia veo a los niñitos de colegio dirigidos por una profesora mirando ‘Las meninas de Velásquez’, ‘La Gioconda’. Acá no pueden mirar nada, porque siempre cambian las cosas. Si yo quisiera ver la obra de Juan Francisco González, no sé dónde se ve.

Aquí las carencias culturales son graves y la ministra anterior de Cultura no me quería nada, porque yo decía estas cosas y me reía un poco de las cosas que se hacen. Pero insisto en mi punto de vista. Escribí algo sobre la situación de la cultura hace poco hablando de que, en mi juventud, vi gran teatro con actores chilenos bastante buenos, como Agustín Siré, Pedro Ortus, Roberto Parada. En el Teatro Municipal, vi a von Karajan, a Celibidache, a Claudio Arrau, a Gieseking, al viejo Alfred Cortot. Ahora no se ve casi nada. No creo que haya que decir que todo tiempo pasado fue mejor. Ahora hay situaciones muy diferentes. El nuevo ministro de la Cultura es bienintencionado e inteligente. Van a salir cosas de ahí.

En París, tengo algunos proyectos. He hablado mucho con Vicente García Huidobro, el nieto del poeta Vicente Huidobro, porque vamos a tratar de que su casa en Cartagena se una con el cementerio donde está la tumba del poeta y se haga un parque que se llamaría Vicente Huidobro. Él estaba muy ligado a la vanguardia francesa en el arte, entonces, creo que los franceses podrían interesarse y ayudar, porque ahí hay mucho que exhibir, está toda la correspondencia de Huidobro con grandes personajes del arte del siglo XX. Cartas de Picasso, Juan Gris, etcétera”.

-¿Ha observado un reordenamiento en las clases sociales en el último siglo o se conservan los encuadres tradicionales?

“El dinero es prácticamente lo que define el poder, a diferencia de lo que puede haber sido el poder en la Edad Media, donde el dinero era una parte no decisiva. La burguesía es el desarrollo en Europa que asienta su poder en su dinero, pero ese dinero va cambiando. En Chile, hay ciertas familias que son muy orgullosas porque vienen de los encomenderos de la Colonia, que tienen tierras o tuvieron tierras, pero la idea de una aristocracia en Chile es un poco cómica, es una caricatura la aristocracia en Chile. Aquí el que gana plata pasa a ser caballero a la segunda generación o a la primera, eso es todo. Ahora, el control del dinero, la posesión del dinero, va cambiando muy rápido. Los Edwards tenían fama de ser muy ricos y todavía les queda algo de esa fama y perturba mucho a cierta gente de mi familia esa fama, porque son pobres y creen que eso es injusto, que ellos estarían destinados a ser ricos. Entonces, son gente poco confiable, encuentro yo. Hay que tener cuidado con esos tipos. Los que se creen ricos por derecho divino”.

-¿Dónde se habría sentido más cómodo, en el Chile de 1910 o en el Chile digital?

“En el Chile de 1910, no sé si me habría sentido cómodo, porque tenía su fachada, su superficie, su barniz, pero era bastante primitivo en el fondo de las cosas. Estoy leyendo un libro bastante interesante, que me pidieron que le hiciera el prólogo, ‘El año del centenario’, de Carlos Morla Lynch, que era director de Protocolo durante el centenario, en 1910. El viejito, que era joven entonces, era muy observador y muy sarcástico, pero se cuidaba, porque no había verdadera libertad en ese Chile. Había que tener mucho cuidado con lo que se decía y se publicaba. Ahora también, pero un poco menos que antes. Es demoledor el retrato que hace Carlos Morla de ese mundo. Entonces, en ese mundo si uno era privilegiado estaba bien, pero si uno perdía el privilegio estaba pésimo. Joaquín Edwards Bello lo pasó muy mal, por ejemplo, porque perdió el privilegio, porque se gastó la plata, porque pertenecía a la rama pobre de una familia rica y la pasó terriblemente mal”.

-¿Chile cumple ahora con estándares internacionales en materia de libertad de expresión?

“Estamos más o menos bien. A veces, hay reacciones muy fuertes frente a cualquier detalle en la televisión, en la prensa. Por ejemplo, si digo que aquí se manipulan las fotografías de escritores, uno puede hacer una réplica. En cambio, cuando Fidel Castro pone su retrato en Granma, nadie puede tocar eso y ponerse él. Es muy distinta la cosa, es muy estricta. Es un control total. En Cuba, no es que no haya libertad, no hay expresión, no hay prensa. Lo primero que veo cuando llego a La Habana, el año 70, me llevan al Granma, diario oficial. Me hacen esperar un buen rato. Eran las dos de la mañana y me quería ir, porque había volado como 20 horas, y de repente llega Fidel Castro y se pasa media hora escogiendo una foto de él que va a salir al día siguiente en el Granma. Y me dice: ‘esto no es culto a la personalidad, no vayas a creer tú’. Y pensé para mis adentros, esto no es culto a la personalidad… Si hay un culto de la personalidad en el mundo es esto que estoy viendo. Ahí pensé, esta revolución no me gusta nada para Chile. Al día siguiente, el Granma, que es un diario de la mañana, salió a las tres de la tarde, porque habían tenido que esperar la foto de Fidel. Eso no es prensa, es una hojita de información como la que sacan las parroquias”.

El escritor

-¿La carga de escribir artículos para los periódicos es muy pesada para un escritor?

“Es pesada. Eso que yo escribo una vez a la semana. Conozco escritores que escriben una vez al día una crónica. En España, hay muchos casos, se puede vivir de eso, pero es muy pesado. No sé cómo escriben novelas además”.

-Eso requiere de una gran disciplina.

“El escritor que no tiene disciplina, mejor que cambie de oficio. La escritura es pura disciplina. Hemingway decía: 99% de sudor y 1 % de inspiración. Hay que escribir todos los días, porque si uno deja de escribir tres días, después tiene que empezar de nuevo. Yo, a veces, termino deliberadamente en la mitad de una frase, entonces, leo, llego a la mitad de esa frase, la completo y ya estoy metido de nuevo. Pero si eso lo hago dejando el texto reposar 15 o 20 días, mala cosa”.

-¿Cuál es su rutina para escribir?

“Escribo en la mañana. Tengo todas las interrupciones del mundo. Considero que mi trabajo está lleno de interrupciones a partir de las 9. Hoy trabajé de 7 a 9. A las 9, empezó el teléfono y no trabajé más y a las diez y media tuve que salir”.

-¿Ahora que va a ser embajador va a tener tiempo para escribir?

“Sí, porque me voy a levantar temprano igual y si no tuviera tiempo para escribir, devuelvo la embajada. Eso lo puede anotar, porque lo he hecho varias veces. Lo hice con la UNESCO, desde luego, porque era muy desagradable lo que pasó también. Creo que escribiendo tres horas en la mañana, voy a trabajar mejor y más que varios embajadores. Por eso acepté, aunque estoy viejo. Es cansadora la cosa”.

-¿Escribe en ordenador o en cuaderno?

“En las dos cosas. Escribo en papeles, en cuadernos, pero paso todo a un ordenador y, en cierto modo, con el ordenador corrijo y edito. Ahora estoy en esa etapa final en una novela, ya firmé el contrato, pero estoy haciendo una última revisión y siempre sale algo. Antes de ayer me di cuenta que hay un error histórico importante. Leí harto y hoy día creo que lo corregí”.

-¿Tiene candidato o candidata al premio nacional de literatura?

“No. Si el premio le tocara a un poeta, tendría candidatos claros, pero en la prosa no lo tengo tan claro. Por ejemplo, estoy leyendo en este momento, no porque sea jurado, sino que por curiosidad, para tener una visión un poco más justa. Estoy leyendo a Jorge Guzmán, es un escritor interesante. Estoy leyendo ‘La ley del gallinero’, que es un libro sobre Chile de la época de Portales. Tiene otro libro que se llama ‘Ay mama Inés’, que es Inés de Suárez. Quiero leer la Inés de Suárez de la Isabel Allende y la de Guzmán para ver cómo dos escritores chilenos que están en competencia, agarran el mismo tema”.

El diplomático

-¿A la embajada de Francia, va con alma de diplomático o como intelectual?

“Cuando yo voy a una embajada, voy como diplomático. Hay algunos que confunden las cosas. Yo no las confundo. De repente me van a pedir cosas de tipo cultural, las haré. Pero a veces es lo que menos me atrae. Cuando estaba en la UNESCO, me pedían exposiciones en la UNESCO y ediciones de la UNESCO. Bastante latoso, porque la UNESCO tiene problemas importantes de educación, de ciencia y cultura. Una vez me llamó una señora que no era de París y me dice ‘quiero hacer una exposición en la UNESCO’. Le digo ‘y cómo es su pintura’ y me dice ‘yo pinto igual que Neruda’, ‘pero si Neruda no pinta’, le digo, ‘Neruda es poeta’. Me contesta, ‘pero el espíritu de mi pintura es igual’. Es un inconveniente ser un escritor conocido. Antiguamente, yo no era conocido, hacía mi trabajo y escribía en los ratos libres, me hacía el tiempo. Pero ahora me conocen como escritor y me dan la lata”.

-¿Qué fue más antipático, la salida de Cuba en 1971 o su renuncia a la embajada ante la UNESCO?

“La salida de Cuba tuvo un lado dramático, pero fue una cosa como entretenida también, interesante. La salida de la UNESCO fue una cosa mediocre, esa es la diferencia fundamental, fue una cuestión de mediocridad. Pero no quiero ni hablar de eso. Lo curioso es que el mundo es chico y yo vuelvo a ser embajador en la UNESCO. Cuando yo era el embajador, eran dos embajadas en París, la del embajador en Francia y la del embajador en la UNESCO, se refundieron las dos embajadas y me toca tomar las dos embajadas refundidas. Conozco a bastante gente que todavía está en la UNESCO, de mi tiempo”.

-Desde hace algún tiempo en las Escuelas de Derecho se ha estado tratando de que la enseñanza no se americanice tanto y traer a profesores franceses, acercarse a la cultura jurídica francesa, en la que se basa nuestro viejo y siempre nuevo Código Civil.

“La cultura que hizo la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y que hizo todos los temas clásicos jurídicos del Derecho Constitucional moderno, Montesquieu, la separación de los poderes. Pero no hay que despreciar a los americanos, porque los padres fundadores americanos, que eran grandes lectores de Montesquieu, Rousseau, son muy buenos escritores y juristas. Madison, Jefferson. Aquí hay un desprecio de lo americano un poco tonto, un poco superficial. Tienen cosas desagradables y que hay que combatir, y que ellos mismos las combaten más que nosotros. Los americanos son muy críticos y tienen libertad crítica. He sido profesor en la Universidad de Chicago en 2008, en la Universidad de Georgetown y el nivel de discusión y de crítica que puede existir en una universidad norteamericana es importante, son casi más críticos y más lúcidos en ese aspecto que los europeos, que están un poco cansados y un poco en decadencia. Voy a ver con qué me encuentro en París. Tengo gran curiosidad”.




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