La imprescindible urbanidad

La descripción de los jueces que hacen nuestras leyes da cuenta de la calculada importancia con que el legislador rodea toda su función.

La liturgia que rodea las audiencias orales, y toda la escala del proceso judicial que la precede, alimentada por el estilo encumbrado y frases ampulosas con que los adversarios suelen rematar sus escritos, va modelando una atmósfera ritual que los ciudadanos corrientes observan como un difuso misterio y que pocas veces entienden.

La soberanía que la sociedad les ha entregado a los jueces y el poder que tienen para decidir, no puede ejercerse sin el auxilio y la cooperación de los abogados que tienen el trascendente derecho a pedir en representación de la comunidad.

El enjuiciar a los ciudadanos desde el pretorio en forma impersonal y a nombre del Estado no importa un poder superior respecto del abogado, sino una función pública diferente que se debe ejercer con ciencia, rectitud y prudencia.

El abogado que es apoderado en una causa jamás puede ser considerado como un estorbo que interfiere, sino alguien que sirve y ejerce un derecho tan noble y tan digno como la Justicia que espera alcanzar.

Mucho más cuando algún ciudadano es víctima de un robo y ve que un delincuente reincidente, a través de un motivo tan formal como la toga y el birrete que en algunos países se reviste la magistratura, sale del Tribunal por la misma puerta que él entró, por no representar “un peligro para la sociedad”.

Buenas maneras

Hay en el país más de 850 jueces activos – sin contar los jueces que ejercen en Policía Local- cifra que se elevará a más de un millar cuando se estrene la nueva justicia laboral.

De ahí que exijamos a los jueces que administran este poder del Estado y que son “la espada de la ley” que se nos escuche, se comprendan nuestros sufrimientos frente a la insoportable impredictibilidad judicial y se nos trate sin altanería ni arrogancia, sino que enfocando la naturaleza y la esencia de la función constitucional que desarrolla cada cual.

Por cierto habrá siempre abogados que andan colgando una imagen de embrolladores y fabricantes de sofismas, urgidos por encontrar razones en la antesala de lo milimétricamente permitido. Pero los jueces, así como el foro y finalmente los propios justiciables, con el tiempo los descubren y desenmascaran.

En esto también hay alguna discreta reciprocidad, ya que hay jueces cuyo comportamiento desacertado y falta de sensatez, ponen cada cierto tiempo en gravísimos aprietos a la magistratura.

Busquemos una franca concordia doméstica y no los empellones que engendran desconfianza y favorecen una causa perdida.
Para que todo esto funcione, promovamos las buenas maneras y el imprescindible respeto entre jueces y Abogados.




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