La suma de todas las fuerzas

La escasa utilidad que presta al abogado joven, recién titulado, la pertenencia a un gremio de afiliación voluntaria.

Otro santo y seña recurrente intenta de­mostrar el menosprecio y lo absurdo de este enrolamiento: ¿Qué hace el Colegio para evitar las colas en las Cortes o el atra­so en la vista de las causas? ¿Qué ha he­cho el Colegio para evitar las complejida­des burocráticas cuando se pretende, por ejemplo, consultar documentos adjuntos a una causa en las Cortes?

Más clasistas y avergonzantes, otros nos enrostran con pomposo tono catedrático: ¿Oye, qué ha hecho el Colegio con tanto abogado inepto que anda suelto e incontrolable, siempre en la periferia de las malas prácticas?

Si agregamos gestos teatrales de “ninguneo” de algunos más viejos, que nos aseguran que perdemos el tiempo y que en la vida real del abogado no se necesita estar matriculado para desenvolverse en la profesión, simplemente, llegamos a la conclusión de que, por muy bueno que sea el discurso, pareciera que la fórmula para encantar feligreses y explicar las ventajas de esta institución constituye un verdadero acto de conversión.

Pues bien, la respuesta es simple y casi un acto de fe para el que cree con entusiasmo en que por encima de las notas episódicas que salpican los distintos planos de la realidad, al final, la historia enseña que un Colegio autónomo y de prime­ra línea como el nuestro, termina por amalgamar ordenada­mente los intereses de nuestra comunidad jurídica, cada vez más creciente, dinámica y, por naturaleza, rebelde frente a cualquier manipulación.

El Colegio no es un Sindicato ni una Hermandad encasti­llada que postula mezquinos privilegios, sino la convergencia y unión espontánea de profesionales libres, que sirve para lo que sirve y está para lo que está, esto es, encausar nuestras inquietudes, mantener la grandeza de nuestra vocación de servicio y defender nuestros intereses con gallardía y no de rodillas, sin otro ropaje que la oportunidad que se ofrece para sumarse y contribuir al bien común de los asociados y al desarrollo de nuestros me­jores valores y tradiciones gremiales.

El prontuario de temas que conoce el Consejo, desde el análisis de situaciones y personajes que parecen escapados de una novela melodramática, pasando por el de­bate matizado de las más sutiles reverbera­ciones de las reglas de nuestro Código de Ética, hasta recordarle al Estado el deber de proporcionar asistencia jurídica gratuita que garantice un proceso justo, incluso, a sus propios enemigos y, de paso, mejorar la Administración de Justicia, configuran parte de los problemas que discurren con enorme responsabilidad de todos los que participan en esta entidad, tanto de sus autoridades elegidas como de sus afiliados.

Quien acceda al portal Web de estas agrupaciones en paí­ses donde la colegiatura es obligatoria (Francia, Estados Uni­dos, España) se percatará de los beneficios comerciales con que “enganchan” a los nuevos colegiados, desde descuentos por tarifas de celulares, hasta a comunidades de veraneo.

Nuestro horizonte es mucho más sobrio, pero con 11 mil asociados en forma voluntaria, damos testimonio que el poder de persuasión que arrastra nuestra barca radica en el profundo sentido de la misión pública del Colegio, la que tuvo históricamente con el abogado de ejercicio individual, conocedor del derecho y de sus atajos, y la que tiene arraigada en la sociedad actual, con abogados organizados bajo un modelo de ejercicio colectivo.

Son múltiples las áreas en que debemos tomar posición y corresponde a lo abogados jóvenes recoger esta invitación de compromiso, colaborando con nuestras Comisiones de Trabajo con el aval de muchos que hemos experimentado tri­bulaciones, pero que hemos confiado en que en este espacio de vivencia gremial -más allá de toda persuasiva retórica- da cabida a iniciativas que consiguen derrotar la inercia, el conformismo y la apatía.




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