Pasión de Servicio, Julio Philippi Izquierdo

Escrita por el historiador René Millar Carvacho, esta obra no es una bibliografía clásica de un hombre tan brillante como Julio Philippi. Como se encarga de destacar el propio autor, por sobre todo se trata de “reconstruir con detalle su vida pública y de manera especial el aporte que realizó como servidor público”. La tarea asumida no era fácil tanto por la riqueza de la personalidad de don Julio como por su hasta y formidable dedicación a servir a Chile, desde los más variados ámbitos.

Sin embargo, el autor sortea con éxito el desafío que se impuso, ya que en una muy documentada exposición logra narrar con brillo la vida pública de este señero personaje. Sin lugar a dudas, él se alza como uno de los hombres más descollantes en la historia de Chile en la segunda mitad del siglo XX, por los valiosos servicios que le prestó a su patria, en forma sobresaliente y con sabiduría, de manera desinteresada y ajena a todo protagonismo personal, en campos tan vitales para el desarrollo del país como la enseñanza, justicia, política, economía y defensa de la soberanía nacional.

En los primeros capítulos de la obra, el autor nos reseña el hogar paterno de don Julio, sus años escolares y universitarios, la familia Philippi Irarrázaval, sus intereses y creencias y su actividad académica. De su lectura se infiere la personalidad de este hombre excepcional, poseedor de una profunda fe religiosa, de oración diaria “…que se ponía ante Dios en una actitud de adoración y que estaba plenamente consciente de que el conocimiento y los bienes eran cuestiones pasajeras, accidentales”.Formó una hermosa familia con la señora Luz Irarrázaval, con quien se complementaba muy bien, dada la afinidad y virtudes similares de ambos. Sus hijos fueron educados en un ambiente de confianza en que se respetaba sus individualidades, sin perjuicio del sólido y coherente ejemplo de sus padres. Fue austero, bondadoso, sobrio, sencillo, dotado de una sorprendente inteligencia y cultura y de una gran capacidad de persuasión.

Poseía una personalidad mágica que a todos los que trabajaban con él en labores públicas les hacía sentir una sensación de seguridad en lo que estaban realizando y una mística especial de ser ellos los que estaban prestando un servicio trascendente a Chile.

En sus labores académicas contribuyó al engrandecimiento de la Universidad Católica “…al punto de constituirse en un miembro importante de su historia como la propia institución lo reconoció al otorgarle el grado de doctor Scientae et Honoris Causa”.

Artífice de la paz

En un extenso capítulo de lectura amena y que constituye un gran aporte a la historia de nuestra república, Millar aborda la participación de don Julio en el gobierno del Presidente Jorge Alessandri, durante el cual se desempeñó, por todo el período presidencial, como ministro en las carteras de Relaciones Exteriores; Economía, Fomento y Reconstrucción; Justicia y Tierras y Colonización. Todas las ejerció con brillo y dejó en cada una de ellas el sello imperecedero de su eficiencia, capacidad y honestidad. Don Julio fue el único ministro que duró los seis años del mandato presidencial y se convirtió, al poco tiempo de ingresar al gabinete, en el brazo derecho del Jefe del Estado, al extremo de que el autor lo califica, con entera justicia, como el “ministro universal”.

La obra contiene, enseguida, un interesante e histórico relato sobre los treinta años en que Julio Philippi se dedicó en “cuerpo y alma” a los asuntos limítrofes con Argentina. Se destaca “el papel preponderante que le correspondió en la orientación, preparación y formalización de la defensa chilena” en asuntos tan trascendentales para el país como el arbitraje para zanjar el diferendo sobre Palena-Río Encuentro, el juicio arbitral sobre El Beagle y la oportuna “mediación papal”. Ésta se inició en diciembre de 1978 y culminó mediante el tratado del 29 de noviembre de 1984, gracias al cual se evitó una guerra que parecía inminente entre dos naciones hermanas.

René Millar concluye este capítulo con una reflexión que, para quienes seguimos de cerca a don Julio, resulta plenamente certera y revela el esfuerzo en su investigación, meritorio y acucioso, para compenetrarse a fondo de su personalidad y trayectoria. Expresa: “En el tratamiento de esos temas pudo desplegar sus capacidades como investigador, pudo dar rienda suelta a sus afanes expedicionarios, a su interés por los viajeros y por la geografía, a sus cualidades como jurista y a sus aptitudes como negociador, insigne negociador. No cabe duda de que buena parte de los logros que obtuvo el país en la solución de las controversias limítrofes en este período están asociadas al nombre de Julio Philippi”.

Exitosas negociaciones

Los dos capítulos finales del libro están dedicados a reseñar, entre otros, los dos grandes aportes efectuados por don Julio a Chile en su incansable afán de servicio público: las negociaciones con las compañías norteamericanas para resolver los problemas originados por la nacionalización de las empresas de la gran minería del cobre y su desempeño como ministro del Tribunal Constitucional.

Para que el lector pueda dimensionar, en su justa medida, la magnitud de la nueva misión asumida por don Julio, el historiador se encarga de señalar, con gran detalle, la situación extraordinariamente crítica en que se encontraba el país. Sin embargo, a pesar del natural recelo con que se inició este nuevo desafío, paso a paso el negociador, desplegando su asombrosa capacidad de persuasión y su enorme creatividad jurídica, en el término de un año de arduo trabajo logró sendos acuerdos con las compañías extranjeras y con la OPIC, agencia estatal cesionaria de los derechos de la Compañía Minera Exótica, que pusieron fin a todas las controversias.
“Los resultados de las negociaciones fueron altamente convenientes para el país, porque lograron zanjar una situación muy complicada, que estaba afectando de manera grave a la economía nacional, y porque los montos acordados pagar por Chile, terminaron siendo muy bajos con relación a lo que aspiraban las compañías norteamericanas e incluso con respecto al valor objetivo de los bienes nacionalizados”.

Don Julio fue ministro del Tribunal Constitucional desde el 11 de marzo de 1981 hasta el 25 de diciembre de 1988, fecha en que cesó en sus funciones un día antes de cumplir 75 años de edad. Su labor en esta magistratura fue fecunda, relevante y decisiva en el desarrollo institucional de nuestra República, pues con su importante participación se aprobaron, desde un punto de vista constitucional, las leyes orgánicas. Desarrollando los preceptos constitucionales, éstas estructuraron las bases del nuevo ordenamiento jurídico. Destaca entre ellas la normativa legal sobre el Tribunal Calificador de Elecciones, la concerniente al Sistema de Inscripciones Electorales y Servicio Electoral y, en fin, sobre Partidos Políticos.

Sus opiniones eran respetadas por todos, ya que se conocían sus virtudes y se sabía de antemano que ellas eran el fruto de profundas reflexiones y, porqué no decirlo, de muchas vigilias.
A modo de resumen, constituye un imperativo expresar que don Julio Philippi, por su gran sabiduría, independencia, dedicación y talento fue un magistrado brillante que imprimió en sus resoluciones, en forma indeleble, la prudencia, la equidad y la justicia.




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