Previsión y Justicia

Preocupante resulta constatar la imagen de laj usticia que posee el común de la gente y que se refleja en las encuestas. En un país con más de 50 escuelas de Derecho, con una matrícula diurna y vespertina que sobrepasa los 26.000 alumnos (mineduc.cl) y una tasa de unos 1.500 nuevos abogados al año, la insatisfacción ciudadana, espoleada y azuzada por los medios de comunicación, no se resigna a que este vital servicio público funcione a menudo inexplicablemente mal o de un modo anacrónico, no obstante la vis atractiva y el interés que despierta la carrera de Derecho en nuestra juventud.

En la trama de la fantasía delirante y la empobrecedora realidad en que discurre nuestra sociedad moderna, están los jueces, de quienes una comunidad como la nuestra, con altos niveles de neurosis, aspira a que en este mundo de grises y mezclas resuelvan con seguridad y eficiencia sus problemas. Por lo tanto, la primera reforma que hay que hacer a la justicia es la humana sensación de desasosiego, lentitud e imprevisibilidad que tienen los ciudadanos que alguna vez en su vida conocen o se enfrentan al peso del sistema judicial.

¿Qué ocurre?

¿Cómo le explicamos o, mejor dicho, le rendimos cuenta a un cliente perplejo que tras seis años de fatigoso litigio, su caso se perdió en primera instancia, se revisó por la Corte de Apelaciones y se ganó en forma unánime y que la Corte Suprema revocó el fallo por mayoría de tres ministros contra dos y volvió a perderlo? Peor todavía, cuando el cliente se enteró que un amigo suyo colocado en una situación que se reproducía casi fidedignamente, obtuvo semanas antes un fallo en esa misma Sala, sin balbuceos, que le daba toda la razón?

¿Era malo el jinete? ¿Hasta dónde depende el triunfo de la igualdad ante la justicia de la habilidad “mágica” o de los malabarismos de algunos abogados frente a otros? Ciertamente, aumentar las remuneraciones y recursos existentes es parte del tema, pero a menudo sucede que el vuelo fantasmal que adquieren situaciones de carne y hueso, parece extraído de un libro de ficción.

Si en el siglo XIX don Andrés Bello, en sus artículos publicados en “El Araucano”, defendía la necesidad irrestricta de fundar las sentencias y expresar sus motivaciones, en el presente parece apremiante luchar por la correcta, armónica y predecible interpretación del arsenal de leyes vigentes, en quienes por sus funciones las vigorizan y aplican cotidianamente.

¿Hasta dónde puede el fogonazo creativo de algunos jueces meter de contrabando en un fallo una ley que todos estimaban inaplicable o fenecida, arrebatando sutilmente lo que Bello llamaba “la vida, el honor y hacienda de los ciudadanos y sobre cuanto hay de precioso en el mundo”? ¿Qué sucede cuando a través de sus fallos los jueces no declaran o crean el derecho sino que lo distorsionan o pretenden imponer su visión soberana de la realidad, sintiéndose dueños de ella, intentando persuadirnos con interpretaciones de las normas que bordean el cataclismo? Ello se hace intolerable y opresivo mientras más encumbrada es la posición o la jerarquía del Tribunal que lo pronuncia.

¿Hasta dónde somos capaces los abogados de asesorar a un cliente previendo razonablemente el comportamiento a veces hermético de algunos jueces, en un contexto que no puede estar disociado del progreso y desarrollo económico y de una visión colectiva que desde todo punto de vista debe incitar la libertad de los individuos para asumir nuevos desafíos, con la confianza que en caso de algún conflicto no caerán en un terreno resbaladizo?

Demás está decir que hemos avanzado en la búsqueda de mecanismos eficientes de resolución de conflictos, alternativos a los tradicionales de los tribunales ordinarios, como son la mediación y la justicia arbitral. Pero en ningún caso ello puede constituirse en un lujo para algunos, a costa de desfigurar la imagen y el prestigio de quienes dispensan Justicia, que aunque imperfecta como toda obra de los mortales, al final debe ser independiente de la autoridad política, responsable de dar cuenta de sus actos ante la comunidad y lo más importante, previsible en sus fallos, que contribuyan a modelar y a fortalecer nuestra sociedad.




Califica este Artículo:
0 / 5 (0 votos)




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *