Recuperando la confianza

Debemos al notable escritor inglés Rudyard Kipling el célebre poema “Si”, que comienza sentenciando: “Si guardas en tu puesto, la cabeza tranquila, cuando todo a tu lado es cabeza perdida.”

Con esta alegoría queremos resaltar el hecho que el país entero atraviesa por una suprema carencia de confianza escondida tras esa luminosa pero hueca muletilla de que las “instituciones funcionan”. No cabe duda que el estado del país, eso que el escritor y político checo Vaclav Havel refería como “atmósfera moral contaminada”, se ha hecho eco en la retórica común de nuestras calles.

No nos deja indiferentes y nos duele como gremio y como institución colegiada la avalancha a tajo abierto de problemas de autoridad, de transparencia, de delincuencia, coexistentes a todo nivel, desde Arica hasta la Antártica famosa.

Precisamente porque convivimos en una sociedad cada vez más consciente de sus libertades, nuestra actividad cotidiana que hunde sus raíces históricas en la tornadiza novela humana, muestra a cada rato la cara visible de este problema y junto a ella la frágil corteza moral imperante.

Si bien hay causas heterogéneas para alcanzar este clima de desconfianza, pareciera que todo está organizado para anular lo bueno y mañosear con lo sagrado, que tiene este valor, desatando a cambio de los vaivenes de una creciente inseguridad.

Si queremos espantar estos demonios, digamos las principales razones en forma clara y precisa:

Acusamos el papel manipulador que juega la prensa sensacionalista, que convierte la honra de las personas por la que se “puede y debe aventurar la vida”, (Quijote, Cap. LVIII) en un espectáculo chapucero de entretenimiento y desgarro.

Acusamos a ese espejo ambiguo de nuestra sociedad que muestra la televisión y toda su perniciosa maleza, unida a una agresividad desvergonzada, sin otro límite que el de evadirse de la realidad y revolcarse rutinariamente en la bobería.

Acusamos los innumerables brazos en que se articula la corrupción, enmascarada bajo los más diversos disfraces en casi todos los círculos sociales, guiada por un deseo ciego de lucro.

Cinco siglos casi de sobrevivencia, muestran lo necesario que es hoy en Chile restaurar la confianza como pilar para poner nuevamente en acción el proyecto histórico de convertir esta lejana Capitanía en una isla de cordura y sensatez; en un país de hombres más felices y aceptados y no perplejos ante la fatalidad del rechazo y el desconcierto.

Personas enamoradas de la identidad espiritual de una tierra descompaginada, recortada por ríos y montañas y del atractivo magnético de sus héroes, tan discretos pero tan necesarios en su grandeza. No renunciemos a este equilibrio de austeridad y de ironía y sepamos sobreponernos al fatum de la desconfianza recíproca, pese a los golpes cotidianos y hecatómbicos que recibimos de toda esta frondosa comunidad global.

Sin más consideraciones densas, necesitamos recuperar, reinventar y recrear esta felicidad perdida y restaurar la confianza, pero no como una divagación humanitaria artificiosa sino que sencillamente, -sin amuletos- con el carisma que se va construyendo a diario con nuestro buen ejemplo.

Quizá estas palabras se evaporen, pero no se olvidará lo que ellas representan en esta atmósfera transpirada de escepticismo, frente a un pueblo de poetas, predicadores y de abogados, todos herederos de una indomable libertad.

Sigamos actuando como gente de pensamiento y pensemos siempre como hombres de acción. Desterremos la tensión. Recuperemos la confianza.




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